Hoy, en este inicio en el blog, me gustaría confesar una preocupación que continuamente ronda en mi cabeza y que, con toda seguridad, se va a complicar a largo plazo. En esta era digital, quien más quien menos ha tenido que adaptarse al uso de teléfonos, móviles, tablets, ordenadores y demás cachivaches modernos que precisan de un aprendizaje para su manejo. Todos nos vemos obligados a ejecutar nuestra "logística" para desgranar paso a paso su funcionamiento. A día de hoy, hasta el negocio más sencillo requiere de tecnología.

Aunque yo ya crecí conociendo la tecnología no paro de sorprenderme, como cuando era niña y mi abuelo materno, en los años noventa, jugaba habitualmente contra un ajedrez electrónico que respondía a sus jugadas. Yo alucinaba con aquello, ¡menudo invento!, y si lo era para mí, no imagino lo que debía pensar mi abuelo nacido en los años 20.

Atención: Informáticos e ingenieros del mundo software: esta insulsa reflexión no pretende ofender vuestras habilidades, sino halagarlas.

Con toda ello quería decir que para facilitar nuestra vida y competitividad hemos llegado a consumir mucha tecnología, demasiada incluso. Si no estuviera acostumbrada pensaría: "que manera de complicarse la vida, oye". En pocos años hemos aprendido a manejar sms, mms, whatsapp, line y apps varias. Hemos descubierto nuestro talento artístico a través de las cámaras que llevamos encima día a día, hemos logrado enviar mensajes y fotos al otro lado del planeta, hemos conocido al amor de nuestra vida gracias a una app (incluso con la foto de un caballo en nuestra cara), y podemos trabajar desde casa pegados a una pantalla.

Reconozco haber profundizado en este mundo friqui en mis tiempos estudiantiles y haberme llegado a sentir habilidosa en algún que otro terreno de la ofimática. 

Pero hay una cosa que me ha llegado a superar en muchas ocasiones, me ha hecho sentir inútil y despistada en este mundo digital: la contraseña.

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Estoy harta de recordar el nombre de mi primer perro, mi profesor favorito o el libro que marcó mi adolescencia (este último me lo invento como hacen ellos), sinceramente digo que no recuerdo como escribir el nombre de mi primer perro, y menos aún cuál era mi profesor favorito (que puede ser de mi época de primaria, secundaria o universitaria), Sr. Contraseña, mejor le paso el contacto de una amiga mía que seguro lo recuerda.

¿Para que hacen tantas preguntas si siempre tengo que apretar "He olvidado mi contraseña"?

Tengo archivadas en mi memoria cerca de 25 contraseñas posibles, y cada año se complica más la misión. Que si mayúsculas y minúsculas, números, símbolos, sin repetir las anteriores, ni su nombre, ni su DNI, ni su email, olvide poner contraseñas sencillas como el nombre de sus hijos y fechas de cumpleaños. Bendito sea, ¡que nos den un máster para trabajar con contraseñas! En muchas empresas debes cambiarla mensualmente, pero ¿que pasa si te vas de vacaciones? Mejor deja una chuleta en algún sitio para recordar si vas por el 84-85 mes. Me pregunto cuántos minutos al día necesitamos para poner todas y cada una de nuestras contraseñas (¿que haríamos si no estuvieran memorizadas en nuestros aparatos?) 

Pero aquí os presento dos contraseñas que son, para mí, el summum que remata a todas ellas:

  • Quien no conoce la famosa contraseña de wifi ajeno: 16FGhy4475fO0007gUTFD3sA (imprescindible consultar el módem)
  • O la del curso online recién matriculado en la que pides a tu novio que copie por Whatsapp la contraseña y te la mande para no tener que volver a escribir: fR6F4hL7r3w6f9ku8ur8ww53699uo00oh7ikjr4ewq3uy5y5u8yiu98iuuop054

Con toda esta reflexión no pretendo más que parodiar las anécdotas con esta herramienta que inventaron para garantizar nuestra seguridad. 

¿Tenéis vosotros alguna anécdota confesable con las contraseñas?

 

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